Thursday, March 01, 2007


¡Cuarenta días otra vez! Una vez más el sacerdote marcó mi frente con cenizas y me recordó mi fragilidad humana. Hoy pensaba en la fragilidad de tantas y tantas personas sin acceso a las necesidades más mínimas de la vida. ¿Qué hice para merecer el lugar en dónde estoy? Que gracia tan grande la de Dios que me rescata una y otra vez cuando mi vocación parece sozobrar. ¡Cuarenta días! El profeta Joel nos recuerda "rasguen su corazón, no su ropa." ¿Pero cómo rendirle el corazón, cómo acompañar a Cristo en estos días? Me doy cuenta que soy totalmente criatura de Adviento, la Cuaresma no me sienta bien. Hoy precisamente se lo comentaba a Dios. Y entonces, casi de repente, pensé en la Encarnación..."Ser extensiones de la Encarnación...." y pensé, "¿Por qué querría Dios venir a nosotros, criaturas débiles? ¿Pórqué la Cruz? ¿Por qué se hizo carne el Verbo?" Y entonces entendí que nuestra humanidad, nuestra fragilidad, es el Don que nos regala Dios como punto de encuentro con el Hijo Amado. El Verbo se encarna en mí, cada día a las 6:30 a.m cuando recibo a Jesús en la comunión. ¡Qué misterio tan grande, que un Dios tan enorme se esconda pequeñito en un pan para alimentarme, para encarnarse en mí!

Entonces, al igual que el profeta Joel, ("no la ropa, sino el corazón,") mi llamada esta Cuaresma (prefiero la palabra inglesa Lent) es la de la conversión interna. Quiero olvidar lo obvio y centrarme en lo escondido: el corazón.
Me siento tan agradecida por haber sido llamada a esta congregación que no puedo más que desear con toda el alma ser Eucaristía para otros, punto de encuentro, extensión de la Encarnación.

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